lunes, 23 de diciembre de 2013

BIOGRAFÍA DE UNA DESCONOCIDA


I

Algo salió mal. Estoy en un sitio frío, inhóspito y la mirada se me pierde en el espacio vacío de un inmenso salón. No me siento dueña de mi cuerpo y me duelen las piernas, me impacienta la dificultad para respirar. No sé cuánto tiempo ha pasado desde mi llegada. Tal vez 20 o 30 minutos. Me caigo lentamente en un abismo de la conciencia, abandono el mundo detenida en un punto fijo.


Ahora estoy en una silla de ruedas que no sé quien empuja. Me deja en una sala con dos asientos metálicos y un escritorio. Veo un cuadro desteñido sobre la pared blanca. Afuera, tras la puerta cerrada rumoran algo y entra un hombrecillo con una bata blanca, se acomoda en el escritorio, no me mira, casi siento su desprecio. Con una voz sorda empieza su interrogatorio.



-          Edad, nombre, estado civil, profesión.   

-         ¿Sabe en dónde está?, ¿Sabe qué día es hoy?


Puedo notar su enfado al ver que tardo un poco en responder. No encuentro con facilidad en la memoria esos datos elementales, no me reconozco en este espacio, en esta situación, hablar me duele y la voz que oigo parece que no saliera de mi boca.

Se acerca, me toma la tensión y la temperatura y sin ninguna consideración procede a efectuar el examen físico, me mide los reflejos. Consigna datos en una planilla. Yo siento que estoy todavía inmersa en un sueño, las imágenes y las voces se van y vuelven antes de que pueda comprenderlas.

Se acaba la entrevista y vuelvo a notar que alguien empuja la silla de ruedas, voy por un laberinto de puertas y paredes y puedo sentir que el techo es demasiado alto, solo oigo el chillido de los zapatos de goma del enfermero que me lleva. Se detiene frente a una puerta metálica, es doble y tiene dos ventanas pequeñitas, está cerrada con llave. Me dice que llegamos a la unidad de cuidados intensivos y vuelvo a sentir que no puedo respirar.

-          Paciente de 20 años, natural de Bogotá, sexo femenino, remitida por la fundación clínica central por intoxicación con amitriptilina. Orientada y consciente, presenta labilidad emocional, insigth parcial.Tiene líquidos por 24 horas más, pendiente examen neurológico.

Me recibe una enfermera para llevarme hasta la cama asignada. Camino con dificultad, me duelen las piernas y siento que olvidé como hacerlo, mi cuerpo pesa demasiado y la cabeza me da vueltas.

Quiero acostarme y me obliga a permanecer sentada mientras traen la comida. Llega una bandeja con tres o cuatro platos, no puedo pasar los alimentos y descubro un insoportable dolor en la garganta. Recuerdo entonces que en la mañana me habían retirado una sonda que tenía por la nariz. Siento unos deseos incontenibles de vomitar.

De pronto el sitio está invadido de gritos y gemidos, se oyen golpes, alguien patea una puerta emitiendo sonidos indescifrables, casi aúlla y aunque no veo nada creo que se golpea la cabeza. Siento pasos que se acercan. Al otro lado del vidrio que hay junto a mi cama veo con asombro como entre cuatro enfermeros  inmovilizan a un paciente para ponerle un sedante, inmediatamente se queda dormido. Todo vuelve  a la tranquilidad.

Mi corazón se oprime y por primera vez soy consciente de dónde estoy. Sola, abandonada, exiliada de mi mundo en este caos doloroso que apenas empiezo a descubrir.
Lloro. Lloro en silencio porque no quiero que nadie se dé cuenta que lo hago, tengo frío y tiemblo entre las cobijas, creo que tengo fiebre, otra vez se me pierden las imágenes, ya se está oscureciendo, poco a poco me voy quedando dormida.

-          Buenas noches, su medicación

Alguien enciende la luz y despierto confundida, apenas puedo incorporarme para recibir el vaso de agua y tomar tres pastillas que están en una copita metálica que tiene pegado mi nombre con esparadrapo, pienso que es de madrugada y pregunto qué hora es.

-          Son las 8:30, ¿cómo se siente?
-          Bien, creo

Respondo asustada, pero siento la boca muy seca y sigo respirando con dificultad, todavía tengo fiebre. La jefe de turno ordena una inyección de antibiótico y vuelvo a quedar dormida.

Sueños malditos, dolorosos, alucinaciones febriles entre sábanas húmedas, rostros conocidos y extraños que se acercan y se alejan camuflados en la noche. Cabalgata concéntrica hacia la nada, vacío infinito, intolerable. Huesos calcinados entre la carne deshecha, vértigo, incertidumbre. Voces que acusan escondidas, sin rostro, paisajes extraños, desérticos. No puedo respirar, huele a azufre. Estoy en el infierno.

-          ¡Enfermera!

Grito sobresaltada, en medio de un acceso de tos impresionante. Me ahogo y siento angustia, mi pecho parece una máquina vieja, siento desesperación y entonces grito y lloro.Ya es de día, vienen a ver qué le pasa a la paciente nueva, pero no reconozco a nadie. Ya cambiaron el turno.

Siento el pelo mojado y la espalda se pega a la sábana. La cabeza retumba y tengo el pecho clausurado. Vuelvo a cerrar los ojos.

Llegó el desayuno, sigo sin poder pasar bocado. La garganta ahora es mas grande que mi cuello, la enfermera dice que si no como no me podrán retirar los líquidos. No me importa, creo que nada me importa. También dice que debo bañarme, ella me ayuda, el camino hacia el baño es eterno y por primera vez puedo observar el lugar completo. Es un salón grande, con divisiones de tela entre cama y cama, hay un control en el centro donde están las enfermeras y alrededor están las gavetas donde guardan la ropa y los objetos personales de los enfermos. Ellos guardan y administran todo lo que mandan los familiares en bolsas marcadas. La ropa, las toallas, el jabón, la crema dental. Me prestan solo un momento la peinilla para alisar mi pelo. Aquí todo está marcado con esparadrapo, ellos hacen lo que quieren con mis cosas, con lo que me mandan.

En este lugar no están permitidas las visitas.

Voy al baño, camino muy lento, cada vez que mis pies tocan el piso siento corriente que sube hacia la espalda, me fatigo, no quiero seguir, ella dice que falta poco, que me va a ayudar y veo un gesto amable que me tranquiliza. No puedo desvestirme sola, tengo un poco inflamada la mano donde tengo el yelco, necesito ayuda y me sorprendo desnuda en un baño inmundo ante los ojos de una desconocida de la que hoy dependo. Casi es ella quien me baña. Estoy cansada, miro hacia abajo, mis pies están morados. De vuelta a la cama me desmayo, oigo un pito en los oídos.

-          Buenos días, soy el Dr. Méndez, vengo a examinarla y a que hablemos un rato. Parece que tiene una infección pulmonar, así que ahora va a tener una máscara de oxígeno. No se preocupe, yo creo que se va a recuperar muy pronto, ya ordené un antibiótico más fuerte y también le van a dar unos analgésicos para el dolor. Pero ahora quiero que me cuente qué fue lo que le pasó…

No quiero hablar. No hablo, solo lloro, sin entender en qué momento cambió mi historia de esta forma tan brutal, en qué momento atravesé un umbral desconocido para terminar de esta manera en este juego tan absurdo.



II

La madre está llorando. No sabe qué pasó con su niña, no sabe cuándo se escapó del calor de su seno, cuando se perdió entre extraños en el dolor del abandono. Cuándo dejó de ser la pequeña que jugaba a ser una princesa en la casa del alcázar.

La casa del alcázar, con sus seis habitaciones y sus largos corredores. La casa de los grandes salones y las paredes altas, el castillo de la dulce princesa, con espléndidos jardines y una huerta donde la pequeña de ojos verdes y nariz pecosa pasaba las tardes soleadas recogiendo cerezas para compartirlas con sus súbditos.

Días tranquilos y cálidos salvaguardados en la lejanía de cualquier presentimiento del futuro. Cuando vivían en esa casa ella era una pequeña inquieta. Adoraba ponerse mil disfraces y usar a escondidas el maquillaje de la madre, a veces bajaba las escaleras dando traspiés montada en unos zapatos altos, llena de pulseras y collares para mostrar todo su poder a los súbditos.

Era la única niña en esa casa, era la dulce princesa de todos los adultos.

En las tardes subía al viejo zarzo. Un cuarto destartalado con piso de madera, que escondía un baúl y una máquina de coser antigua, ya inservible, dos asientos y cajas por todos lados. Mil cajas llenas de trebejos y misterios.

A esa hora, al colarse la luz por la pequeña claraboya del techo, todo quedaba vestido de ámbar y entonces, esa era la torre más alta del castillo. Allí era dueña y señora de todo. Solo bastaba con desear las cosas para que fueran realidad. Sabía que tenía todo un séquito de adultos dispuestos a complacer cualquier minucia que requiriera su alteza, la princesa de ojos verdes y nariz pecosa.

Casa de milagros, de sueños, de amaneceres tibios entre los brazos de la madre, de perfume de jardines, de los primeros días escolares. Casa que se pierde entre la niebla del recuerdo, casa que ya no vuelve.

La madre llora, llora sus recuerdos y sus culpas. Siente como la impotencia llega repentina a humillar sus instintos. Siente frío, siente el frío de su niña metida en esa clínica, no conoce ese lugar, pero presiente sus paredes yertas y ahora solo puede esperar para tener noticias. Quiere verla, decirle que la ama, aunque pocas veces se lo haya dicho.

Le duelen las entrañas y solo puede esperar frente a la puerta cerrada. Solo puede ver como pasan los días uno tras otro entre la incertidumbre de lo que está sucediendo.

Busca rastros, busca indicios que le hablen de lo que nunca preguntó cuando la tuvo cerca. Se enjuicia, se disculpa y siente ríos de amargura que se escuren por sus ojos mientras que araña las paredes, tratando de encontrarle un culpable a su tragedia.


III

Es el tercer día en este sitio, todavía no puedo comer, no tengo noticias de fuera, no hablo con nadie, la máscara de oxígeno y la debilidad que siento me obligan a permanecer acostada. Sueño con estatuas y escaleras.

Trato de reconocer el espacio y observo detenidamente a la gente que me rodea, a ese montón de extraños con los que tengo que compartir el aliento en la noche, a ese montón de seres miserables que deambulan imperturbables exhibiendo su desgracia.

Los aborrezco, los desprecio, no entiendo cómo pueden hablar, comer y jugar entre ellos, mientras yo lo único que espero es poder desvanecerme presa del dolor y la vergüenza que me causa ser parte de este espectáculo patético que inevitablemente tengo que presenciar.
Pacientes y enfermeros encerrados tras unas puertas inviolables con llaves y candados conviviendo en esta demencial rutina donde nadie sabe quién es realmente el prisionero.

No hay ninguna ventana que me permita ver algo distinto a lo que hay dentro de la unidad. Cierro los ojos, trato de imaginar cómo es el mundo afuera, no lo recuerdo, no puedo encontrar en la memoria ninguna imagen conocida y entonces me abandono al paso de las horas con la esperanza incierta de salir algún día de este estado.

Duermo, vuelvo a soñar con estatuas y despierto sobresaltada. Otra vez tengo fiebre, la cama está húmeda y el dolor en todo el cuerpo es insoportable. No llamo a nadie, no digo nada. Creo que nadie en el mundo recuerda que yo existo. Creo que no existo.

Se acercan dos enfermeras, la más vieja trae en la mano una bandeja plateada con unas jeringas, frascos y algodones. Es una mujer de unos cincuenta años, robusta, tiene un rostro curtido, inexpresivo, con unas marcadas ojeras que esconden sus ojos claros. Puedo leer en la placa que lleva en el pecho su nombre. Adela, fue ella quien me recibió cuando llegué.

Me dice que debe tomar una muestra de sangre, advierte que será doloroso. No me asusta el dolor, estiro el brazo sin decir nada. ¿Qué podría resultar más doloroso que estar en esta cama?. La otra enfermera me hace el torniquete y pone con un algodón un poco de alcohol. Veo como se hunde la aguja en mi carne y empieza a moverse en forma circular. Deben encontrar la arteria, van a hacerme una prueba de gases arteriales. No la encuentran, no aparece, intentan en otra parte, en la muñeca y allí tampoco hay suerte, entonces viene la tortura para el otro brazo, se turnan hurgando mi piel adolorida, me dicen que pronto va a estar lista la muestra. No sé cuantas agujas me han atravesado en los últimos días. 10 o 15 minutos después por fin la alcanzan, cuando entra el punzón en la arteria siento como si fuera en el cerebro y por ese ínfimo agujero poco a poco se va drenando la mitad de mi vida. Pierdo la consciencia.

Está oscureciendo y el recinto se viste de sombras, ahora somos espectros dolientes posados en camas blancas, esperando que la noche finalmente se lleve consigo otro día de abandono en este rincón del mundo.


IV

Lida tiene 24 años, es una niña blanca de pelo negro largo que le llega casi hasta la mitad de la espalda, su cara está iluminada por unos ojos profundos de enormes pestañas. Camina silenciosa hasta mi cama, me observa y sonríe, pregunta si se puede sentar, hago un gesto de aprobación y permanecemos así por un rato.

Acerca la bandeja con el desayuno, dice que debo comer. Me siento y con su ayuda retiro la máscara de oxígeno. Como despacio, tomo dos o tres sorbos de café, no puedo evitar el temblor de las manos. Me siento apenada y alejo la bandeja. Pregunta mi nombre, no respondo, ella sigue ahí, me toma una mano y empieza a hablarme de su historia.

Era la noche del 25 de julio. Se había estado sintiendo mal desde hacía algunos días. No hablaba con nadie y había dejado de asistir a sus clases de sistemas. Salía de su casa pasadas las siete y se iba a una taberna que quedaba sobre la avenida primero de mayo, cerca de su casa. Lida vivía en Ciudad Kennedy.

Llegó al sitio de siempre como a las 8:00 p.m., era viernes, encontró en la taberna a unos conocidos. Decían que eran de una banda de Timiza, a ella no le importaba y se sentó con ellos en la misma mesa. Estaba sola, sola en el mundo con su alcoholismo. Como a las 10:00 p.m. salieron a dar una vuelta, uno de ellos armó un cigarrillo de marihuana y lo prendió tranquilamente, todos fumaron, Lida también. No lo hacía usualmente, pero esa noche el trago no era suficiente para ahogar el demonio que la estaba devorando. Al llegar otra vez a la avenida ella vio que alguien se acercaba a decirle algo, era su hermano. No entendió lo que le dijo y volvió a tener imágenes solo cuando entraron otra vez a la taberna.

Siguió creciendo la noche que se levantaba entre ruidos y luces ante su confusión, ante el vacío infinito que se robaba su cuerpo, mientras que se aferraba a ese mundo de humo para salvarse de ella misma. Las botellas se fueron desocupando  con todas sus ganas de seguir viviendo. La marihuana que había fumado traía a su mente ráfagas de recuerdos que la desconectaban por momentos de la realidad. Iba y venía entre sus días de infancia tratando de mantenerse alerta entre esa gente que estaba dispuesta a provechar el más mínimo descuido para tomar partido de su situación.

Antes de la media noche salió, no quiso que nadie la acompañara. Tomó un taxi hasta su casa y al llegar abrió la puerta con mucho sigilo para que nadie notara en el estado que estaba llegando. Subió a su alcoba, se extendió en el piso mirando hacia el techo, de pronto oyó que alguien estaba tocando la puerta desde hacía tiempo, trató de pararse para abrir y cuando lo hizo tropezó con una mesita que tenía una lámpara y unos adornos, cayó nuevamente al piso con todo lo que estaba sobre la mesa y un pedazo de porcelana le cortó las manos.

Cuando por fin pudo reponerse para abrir, la sorprendió la imagen de su madre, estaba llorando y le decía que estaba cansada de verla siempre en ese estado, que ella era la vergüenza de la familia. Le comunicó la decisión de internarla en un centro especializado para el tratamiento de las adicciones y se fue alejando sin para de hablar entre sollozos.

Lida volvió a quedar en silencio en medio del desorden. Había manchado de sangre la alfombra. Se sentía culpable. Sacó una botella de vodka que tenía escondida entre la ropa interior y empezó a tomarla inmersa en un llanto desesperado.

Ya era de madrugada y solo quedaba menos de un cuarto de vodka, abrió una gaveta de su mesa de noche y sacó de ella toda clase de medicamentos, los había estado guardando precisamente para ese momento en el que su vida ya no tenía ninguna importancia, cuando sentía que solo era una basura sin posibilidad de redención. Los tomó todos al tiempo con el poco licor que le quedaba y se acostó en el piso a esperar que pasara lo peor. Entonces perdió la consciencia.

La mañana siguiente la encontraron ahí, tendida, sin sentido, con los ojos negros por el maquillaje corrido y con los surcos de rímel que dejaron las lágrimas, con la ropa sucia impregnada de humo, con la vida y las esperanzas destrozadas. La llevaron de urgencia al hospital de Kennedy, le hicieron un lavado y la remitieron a una clínica psiquiátrica.

-          - Por eso estoy aquí

Me dice.

-       - Por eso me trajeron a este lugar, para desintoxicar mi cuerpo y mi alma de tantas porquerías.

Lloro en silencio al escucharla, aún no ha soltado mi mano, la estrecho como diciéndole que la entiendo y comparto su dolor, ese dolor que nos une en este lugar, en esta situación. Le digo mi nombre.

Durante todo el tiempo que permanezca en este lugar, estaré con Lida, ella será mi compañera inseparable, ella será mi única amiga.


Es hora de la medicación, se acerca la enfermera con la bandeja llena de copitas marcadas y una jarra de agua.

-         -  Veo que está hablando con alguien

Me dice tratando de ser amable. No contesto, solo recibo las pastillas y luego el agua que sirve en la misma copa. Le pido un poco más, casi no puedo tragarlas y el agua que me da no es suficiente. Lida también recibe las suyas, son distintas y entonces observo con especial curiosidad una cápsula violeta que debe tomar al final. Es más grande que las otras, más brillante, casi alegra la mano cubierta de píldoras blancas y amarillas y pienso entonces en el violeta de mis labios de no haber alcanzado a llegar a este lugar. Violeta entre blanco como un pensamiento entre jazmines, como un vestigio colorido entre estas sábanas inmaculadas y mudas.

Al irse la enfermera le pregunto para qué es y me dice que controla su ansiedad de beber. Eso rompe un poco la tensión y tenemos una conversación más fluida, sin embargo yo hablo espacio porque se acaba muy pronto el aire. Lida me habla de los otros pacientes y me advierte con cuales debo tener cuidado. Ella se ha tomado la molestia de averiguarlo todo, de hablar con todos, también se sabe los nombres de los enfermeros, en los días que ha estado interna ha conocido las historias de los enfermos. Con un interés casi periodístico ha ido indagando, tal vez para consolarse frente al estado en el que encuentra a sus compañeros de infortunio.

Yo solo la oigo y contesto lo necesario para que la charla continúe, pero no le presto demasiada atención, evito hablarle de mi, creo que lo entiende. No hace preguntas.

Le pido que me acompañe al baño. Despacio me siento en la cama, todo da vueltas, ella advierte que tengo las manos muy frías, me dice que espere un poco, estoy mareada.

Unos minutos después me repongo y empezamos a caminar con pasos lentos, todavía siento corriente que sube de mis pies hacia la espalda, pero ya no es tan difícil moverme. Al llegar al baño, reconozco ese sitio inmundo y entiendo que aún estoy en la misma pesadilla. Lo observo con detenimiento, casi con morbo, recorro cada centímetro de las paredes húmedas que alguna vez fueron blancas y encuentro entre sus grietas colonias de hongos malolientes.  El piso está lleno de manchas de todas las clases, debe tener muchos años, igual que la desportillada porcelana del sanitario. Los baldosines de la ducha están incompletos y tienen surcos amarillos que delatan los caminos que siempre toma el agua.

Este cuadro me denuncia amargamente el inclemente abuso que ha sufrido durante mucho tiempo, porque es el único baño que hay para todos los pacientes de la unidad.

Salgo molesta, ya no hablo con Lida, digo que quiero descansar y de nuevo me deja sola. Me duermo.



V

El doctor Federico Zanollety  entra a un bar cercano al centro, llegó allí caminando al salir de su consultorio después de recibir una llamada casi a las cinco de la tarde. Lo atiende una mujer trigueña, no muy alta y en un tono casi de reproche le recuerda que había pasado mucho tiempo sin visitar ese lugar. El no contesta, hacía unos meses había tomado la decisión de dejar de beber.

Pide un ron doble, ella lo atiende y por su mirada se da cuenta que debe retirarse. Hace años, solía frecuentar ese lugar, pero pocas veces lo hacía solo, iba con Sabas Cimarra, un viejo psiquiatra que fue durante mucho tiempo su amigo inseparable, antes de casarse por segunda vez. Se pasaban horas ahí hablando con la gente, filosofando inútilmente y riendo a carcajadas mientras tomaban una o varias botellas de ron.

Pero esta vez era distinto, estaba solo y con una expresión diferente. Toma el trago en dos sorbos y pide otro que bebe con más calma. Necesita pensar, poner en orden su cabeza. La llamada de la tarde lo ha dejado confundido y profundamente cuestionado, recibió una noticia que nunca esperó sobre su paciente más cercana, casi la única que había atendido en los últimos meses. En el fondo sabía que se había involucrado más allá de lo profesional. Eso definitivamente era un problema.

Su mente está invadida de imágenes, ve como desfilan uno tras otro los últimos días que ella pasó en esa ciudad, recuerda con nostalgia la noche que la conoció, cuando llegó a su vida.
Era una noche cálida, la brisa del trópico ayudaba a suavizar un poco la temperatura del verano que azotaba la región por esa época. Enero siempre había sido un mes muy caluroso. Llegó con un vestido claro, sin mangas y sus ojos verdes por un momento iluminaron todo. La hizo seguir y sin mayores preámbulos empezó a oír su historia. Se sorprendió al encontrar una persona así en ese lugar, una mujer que parecía haber devorado el mundo ahora estaba en una ciudad demasiado pequeña y demasiado cercana a la selva, como para que de alguna manera tuviera cabida en sus expectativas. La miraba y más allá de las palabras leía sus ojos y sus manos. No dudó un momento en darle continuidad a sus encuentros.

Así pasaron varios meses, ella iba a verlo varias noches en la semana y terminaban en largas conversaciones reconociendo lugares comunes, a pesar del tiempo y la distancia en que los habían vivido. Federico Zanollety bordeaba los cincuenta y ella tenía solo veinte años.

Cada noche encontraba un motivo para amarla en silencio y no pasó mucho tiempo sin que ella se diera cuenta. También lo amaba. Sin embargo nunca traspasaron el umbral de lo permitido. El estaba casado y ella era su paciente, lo que no evitó que cada encuentro tuviera cada vez más intensidad contenida en la imposibilidad del contacto. Crecieron cada noche reconociéndose en la diferencia con el otro, adivinando en las miradas todo lo que no fluía con las palabras y sin remedio se estrechó una relación plena que estaría indeleble por el resto de sus vidas.


Federico Zanollety permanece en ese sitio por algunas horas y casi a media noche, con algunos tragos de más, acompañado por una llovizna incisiva y tibia se va para su casa.


VI

-          - El Dr. Méndez la está esperando en el consultorio

Veo la imagen de Adela, la vieja enfermera junto a mi cama y apenas puedo entender lo que dice, trato de incorporarme, ella me ayuda y me lleva hasta un lugar que no conozco. Es una puerta doble de madera, está al fondo de la unidad. Hasta ahora noto su existencia, me deja ahí. Adentro encuentro al doctor sentado en una silla de madera con cojines negros de cuero. 

Es un salón grande, con una camilla metálica y un montón de aparatos médicos que no conozco, todos son grises y contrastan con el baldosín blanco y helado de las paredes, hay un olor a alcohol y esparadrapo que se eleva hasta el techo altísimo del recinto, me hace sentir a punto de desmayar. No tengo buenos recuerdos.

Tengo mucho frío, mi piel está erizada. El doctor dice que tome asiento, lo hago en silencio inspeccionando atentamente el lugar. Después de todo es el primer sitio que puedo ver fuera de la unidad. Descubro una ventana, es una vidriera grande que da a la calle, me acerco a ella. Al otro lado de la avenida puedo ver un letrero rojo y blanco de Pizza Hut, veo unos vendedores de periódicos, muchos carros de colores, gente. Es un día soleado, parece un fin de semana, hacia afuera veo verde y amarillo, reconozco el caño que divide los carriles, estoy muy cerca a mi casa de la infancia, digo emocionada que es la calle del alcázar, cerca a la avenida 19. Pregunto al doctor si es cierto y el asiente con indiferencia.

Siento una extraña mezcla de alegría y nostalgia, al poder ver al fin un lugar conocido, pero sin tener la más remota certeza de volver a estar afuera y entonces me aferro a esa imagen colorida que se dibuja tan lejana solo a unos cuantos metros de distancia.

Oigo mi nombre y vuelvo la mirada al recinto en el que me encuentro. Mis ojos se estrellan desencantados con un aparador gris con puertas de vidrio, que tiene en su interior frascos gigantes llenos de medicamentos, creo que esos son los que nos dan todos los días.

Me siento otra vez y noto un poco de temblor en mis manos, estoy agitada, el olor me hace aún más difícil respirar.

-         -  ¿Cómo se ha sentido?
-         -  No sé, creo que bien

Respondo con desgano

-          - ¿Volvió a tener fiebre?
-          -  No
-          - ¿Y la comida?, ¿Qué pasa con la comida?
-          -  Me duele pasar

No me importa lo que pregunta y quiero que se termine de una vez el interrogatorio

-          -  Pues tiene que intentar comer para poder quitarle esos líquidos

Me detengo a observar mi mano atravesada por una aguja y descubro que mis brazos tan blancos están llenos de moretones y manchas verdes, mientras que el doctor sigue impacible con su conversación.

-         -  Más tarde viene el neurólogo para hacerle una valoración a ver si se causó algún daño y mañana le hacen el electro. Hay que esperar los resultados para tomar decisiones. ¿Y de ánimo cómo está?

No respondo, solo lo miro con asombro, veo aterrada la imagen de un hombre de unos cincuenta y ocho años que despide un insoportable olor a colonia, canoso, envuelto en un pequeñito vestido de paño con chaleco y corbatín, con unos ojos claros en su rostro plácido que me miran esperando una respuesta que no puedo encontrar. Me inquieta el contraste de su elegancia y su notoria buena vida, frente a mi palidez metida entre una piyama vieja marcada con esparadrapo.

-          - ¿Cuándo voy a salir de aquí?

Es lo único que puedo contestar y me dice que debo tener paciencia, porque aún no es posible calcular el tiempo que hace falta para mi recuperación.

Por fin terminó la visita, vuelvo a mi cama. Llegan las bandejas del almuerzo, siento asco al ver el desenfrenado apetito de todos los enfermos, que se acercan a recibir su ración. No quiero aproximarme a ellos, espero a que la enfermera traiga mi bandeja, le digo gracias, se sorprende. Después de echar un vistazo, decido comer solo la fruta.

Evito todo el tiempo mirar la manera casi salvaje que tienen de comer. Esto es un atentado a cualquier norma elemental de convivencia, es superior a lo que hubiese podido imaginar. Con sus manos torpes y temblorosas llevan la comida hacia la boca y se les escurre por las comisuras de los labios confundiéndose con la saliva que les sale todo el tiempo por efecto de la droga. Los enfermeros los limpian con sábanas que tienen destinadas para este fin. Algunas veces roba la comida de otros cuando se descuidan, hay pelea, hay alboroto, regueros, el piso queda lleno de los restos de la caería.

Es una verdadera desgracia tener que asistir a tanta decadencia tres veces al día. Ya no recuerdo la vista de la calle y olvidé como lucía el mundo afuera.


VII

Es de noche, ojeo algunos libros que recibí en la tarde, me los enviaron de la casa, también están marcados con el maldito esparadrapo que hace ver todo aún más miserable.

Después de la comida todo queda en silencio, a los pacientes problema ya les han suministrado el sedante y supongo que a los otros ya no les quedan fuerzas para hablar.

Me siento mejor, ya no debo usar el oxígeno y por fin desapareció la fiebre. Ya no recuerdo lo que sueño, pero creo que mi cuerpo está tan frágil que podría partirse en cualquier momento. No logro concentrarme en la lectura, sin embargo paso páginas varias veces como obligándome a hacerlo. No son interesantes, creo que es lo primero que encontraron para enviarme. Siento muy fuerte el temor del abandono, quiero llorar pero evito hacerlo. Lida me ha dicho que si lo hago no me van a dejar salir de aquí, que debo repetir todas las veces que me pregunten que yo ya estoy bien.

Pienso en otros lugares y parece que hubiera estado aquí toda la vida, porque ahora es la única referencia que tengo en la cabeza. Me cuesta trabajo recordar.

Vuelvo a mirar los libros, son tres, de colores, parecen folletos de poesías gastadas que nadie lee. Me acuesto bien y cierro los ojos, trato de dormir. Alguien abre la puerta metálica de la entrada, oigo como hacen el cambio de turno, pero es distinto, hablan más que los otros días, hay algo de alboroto y no puedo reconocer ninguna de las voces que acaban de llegar.

Me quedo muy quieta para que no noten que estoy despierta, si lo hacen me dan sedantes, unas gotas de Sinogan, nunca lo he tomado pero sé que sabe a brandy y produce sueños extraños, como de metal. Abro los ojos con sigilo para ver qué pasa, a lo lejos se dibuja la silueta de una enfermera gorda, cuando se ríe me doy cuenta del diente que le falta, es grotesca, es ella quien emite los chillidos que me inquietan. Lleva colgada una pechera con unas consignas de alguna unión sindical apoyando un paro indefinido.

Paro, todos los empleados están en paro. Siento más lejana que nunca la posibilidad de salir de aquí.


VIII

-          -  Tomen asiento por favor

Dice el doctor Méndez en su consultorio del Nogal. 

El señor y la señora se sientan en las cómodas poltronas carmelitas de cuero perfumado, abrigados por la extraña calidez de ese espacio. Se miran inquietos, el doctor se sienta tras el grandísimo escritorio meticulosamente organizado. Toma un estilógrafo de la base negra y dorada que tiene junto a su colección de cortapapeles, juega con el entre sus manos y empieza a hacer una serie de preguntas básicas, tal vez para reafirmar su posición antes de dar el diagnóstico.

La señora contesta con dificultad, no quiere hablar de eso, de hecho ni siquiera quisiera estar ahí. La situación ya es bastante tensa como para ponerse a hurgar el pasado. Toma un sorbo de agua para relajarse un poco, se siente intimidada, calla.

Ahora el señor empieza a hablar y mientras lo hace, ella siente que el eco de sus palabras se va alejando a medida que sus ojos se pierden en el atardecer marino de una litografía de Monet que está colgada en la pared de enfrente.

Se acaba el interrogatorio y viene el silencio antes de escuchar el veredicto.

El señor y la señora juntos de nuevo. Reunidos por el infortunio, compartiendo la incertidumbre del destino de esa pequeña que los había hecho ser uno solo en algún momento. La separación les había hecho perderse el rastro, solo hablaban esporádicamente sobre lo indispensable, dejando de lado cualquier tono afectivo en sus conversaciones, pero ahora no tenían más remedio que unir la fuerza que cada uno tuviera para sostenerse el uno al otro en medio de esa confusa situación reciente.

-         -  Encuentro a la paciente un poco perturbada

Dice el dr. Méndez con severidad

-          -  El tratamiento va a ser largo. Obviamente mucho más si ella no colabora. Como ya cedió la infección se puede trasladar, ya no necesita estar en cuidados intensivos.
-          - ¿Cuándo podemos verla?

Interrumpe la señora secándose con la mano una lágrima que se le escapó indiscreta. Los sitios públicos nunca le habían parecido adecuados para llorar.

-          -  Aún no es posible
La corta Méndez con su usual prepotencia, que ya estaba empezando a volverse insoportable.

-          -  No quiero alarmarlos

Continúa.

-          -  Pero tal vez estemos frente a un serio caso de trastorno de la personalidad.

El señor palidece por un momento, ni siquiera se atreve a hacer preguntas. No puede entender lo que acaba de oír, pero tampoco quiere esforzarse por hacerlo. 
Al salir del consultorio en medio de una noche helada el señor y la señora, en absoluto silencio van juntos a tomar un café.



IX

La princesa creció y decidió ir a buscar su propio mundo. Quedaron atrás los grandes salones de castillos inventados.

Eran poco más de las siete de la noche, cuando la puerta el consultorio se abrió, entró un hombre joven, delgado que extrañamente parecía envuelto en un halo amarillo. Con una amable sonrisa fue hacia ella, le extendió la mano y hubo intercambio de nombres, fue una presentación formal.

Luego hablaron de una cita pendiente mientras ella observaba discreta. El hombre salió y siguió la sesión con el dr. Zanoletty.  Esos días para ella eran especialmente difíciles. Lo único que quería era aclarar un poco ese universo dantesco en el que había estado viviendo, apenas estaba descubriendo ese lugar al que había decidido ir para huir de ese mundo que se había fabricado casi sin darse cuenta.

Precisamente hablaba de eso y no pudo evitar las lágrimas al recordar con un poco de horror y nostalgia su historia reciente en la capital.

Ya estaba olvidada la interrupción y al terminar la sesión salió a la calle, sintiendo el aire benévolo que la acarició dándole una sutil tibieza que fue su única compañía durante la larga caminata de regreso a casa.

Fue un fin de semana tranquilo, de una afortunada soledad que le permitió entregarse a un buen libro. Sin embargo el mundo le costaba trabajo, porque solo quiso estar envuelta entre ese sol tímido que se colaba por la ventana y su camiseta azul para dormir.

El lunes al volver al mundo, se llevó una gran sorpresa. A pesar de no haberse movido de su casa, resultó involucrada en una agitada mañana de domingo. El hombre del halo amarillo había perdido el contacto con la realidad y en medio de su parafernalia había pedido con insistencia verla.

Desde que lo supo, sintió inevitablemente que debía responder a ese llamado, aunque no pudo enterarse exactamente de todo lo que había pasado. El debió ser internado tres o cuatro días en una clínica para estar controlado y superar su crisis. Estuvo sedado y estrechamente vigilado bajo los ojos sorprendidos de esa gente que jamás imaginó que la reina de la locura podría atraparlo entre sus velos.

Ella claramente estaba impresionada por haber sido parte de una historia que no conocía, se preguntaba si había sido providencial estar en ese consultorio aquella noche.


Entonces ya no pudo evitar la necesidad de estar enterada de todo lo que pasara con el hombre del halo amarillo, y fue creciendo una inmensa curiosidad de lo que sucediera a partir de ese momento. De alguna manera sentía que se trataba de un encuentro de dos mundos y tuvo que esperar varias semanas para saber si había sido suficiente un encuentro tan efímero para corroborar su presentimiento.


X

El día transcurre lento, el paro hace que todo se retrase y a duras penas llega el medio día. Lida viene a mi cama, está contenta, me dice que  va a otro lugar, a otro servicio de la clínica. 
En el sitio donde va se puede estar sin piyama y se pueden usar zapatos y maquillarse, además hay televisión y cada tres días se pueden enviar mensajes para los familiares.

Siento miedo, no quiero volver a estar sola aquí, lloro. Lida dice que me espera allá, que debo ser fuerte para que me lleven pronto. Va pasando la tarde, no me doy cuenta cuando se va, no quiero saberlo. Permanezco inmóvil en mi cama. Cuando llega la comida, ni siquiera me tomo la molestia de acercarla. Alguien llegó a la cama donde estaba Lida y eso hace más notoria su ausencia.

Es una mujer joven, campesina tiene el pelo amarillo como fique y le llega hasta los hombros, sus mejillas están coloreadas por ese frío rojo que dejan las heladas del páramo. Está embarazada y no ha parado de hablar desde que apareció aquí, por lo que dice parece que fue violada, sus ojos muy verdes solo dejan ver dolor y rabia. Siento miedo, no quiero que me mire, cada vez que se acerca me quiero volver invisible.

La mujer camina por toda la unidad contestándole a las voces que oye en su cabeza. Las insulta, les reclama y amenaza con incendiar esta ciudad si no le obedecen. Entra en un extraño delirio y grita, se pega en el estómago, odia al bebé. Marca su territorio infundiendo temor en todos los que estamos ahí, hace unos sonidos guturales parecidos a gruñidos, de repente se acerca a cualquier cama y pide que le regalen un poco de agua, mirando amenazante. Es una presencia tan perturbadora que en absoluto la unidad ha quedado en silencio.

Es insoportable permanecer aquí, escondo la cabeza entre las cobijas, solo puedo oír los gemidos y las amenazas de esta macabra mujer que de pronto se deshace en unos gritos desgarradores envolviendo todo en la mas absurda sordidez que yo alguna vez haya presenciado. Se golpea el estómago tan fuerte que tiene  que venir varios enfermeros para controlarla. Si no supiera que esas cosas no existen, pensaría que está poseída. 
En el control hay un timbre que oprimen en las emergencias, inmediatamente llegan ayudar desde todos los servicios de la clínica. Entre cinco o seis enfermeros la inmovilizan con sábanas y queda amarrada a la cama, pero la fuerza que tiene parece sobrenatural y trata de desamarrar sus manos con la boca. Se arranca un diente. Ahora hay sangre y gritos. Le ponen una inyección y poco a poco en medio de un alarido de dolor se va apagando. Por fin se queda dormida.

La unidad quedó invadida de una calma tensa que me aturde, no sé qué hacer, no sé hacia dónde mirar y me siento extenuada. No podría dormir aunque quisiera y ya está muy tarde. 

Parece que el personal que ha venido a cubrir el paro es más rudo que el ordinario, así que evito a toda costa llamar la atención. Cuando creo que es insostenible todo esto y que voy a estallar en el llanto más profundo, se acerca la enfermera y prende la luz de mi cama, trae la bolsa con mis cosas, dice que debo levantarme porque me voy. No entiendo y se enfada al tener que repetirme que ha llegado otro paciente que necesita mi cama. Me paro rápido y por un momento desaparecen todas mis molestias. Tomo la bolsa y guardo sin ningún cuidado los libros que había recibido. Me pongo unos zapatos negros de tela que me quedan grandes y camino hacia el control. Hace mucho frío, espero a que venga la enfermera y me indique lo que debo hacer.

Llega alguien y ante mis ojos la puerta metálica por la que había entrado hace no sé cuantos días por fin se abre, un enfermero viene a recogerme. Ahora voy caminando, lo hago despacio, me tengo que coger de su brazo mientras recorremos el laberinto de puertas y paredes en la penumbra de una noche interminable, para llegar a otro lugar donde empezaría otra parte de la historia.



XI

El señor y la señora tienen una cita. Es la primera vez que van a comer juntos después de mucho tiempo y ordenan en medio de un silencio incómodo. Había llegado el momento de hablar de lo que siempre habían preferido tener callado. El diagnóstico del dr. Méndez había sido lo suficientemente inquietante como para ignorarlo.

Ahora estaban frente a un rompecabezas que poco a poco debían ir armando para saber qué había llevado a su hija a tomar esa decisión. Ellos pensaban que seguía siendo una niña feliz.
Hacía más de un año vivía fuera de la ciudad y se habían acostumbrado a no hablar muy seguido. De alguna manera el silencio era un miembro más de su familia.

Sabían que el proceso de la separación había resultado lo suficientemente caótico como para dejar varios desastres a su paso, sin embargo todos habían decidido seguir adelante pretendiendo que la vida tenía su curso normal.

Ella se despidió un enero. Había tomado la determinación de ir a vivir en un pueblo apartado en el sur del país. Quería tomarse un tiempo para estar lejos de todo y encontrarse consigo misma, y para el señor y la señora resultaba sencillo pensar que se trataba de una idea sensata. Nadie pensó que se trataba de una huida.

La señora llora. Desde que empezó la pesadilla, la culpa se volvió un yugo que pesa demasiado para ella. El señor la toma de la mano y por primera vez habla de esa mañana de lunes cuando la encontró dormida.

Sin duda amaba a su hija, pero era un amor distante y parco lleno de espacios vacíos. Ella había pedido hospedarse en su casa durante su visita a la capital. El sabía que era para unos chequeos médicos, pero no estaba muy al tanto de qué se trataba. Se sorprendió por su petición y sin embargo la recibió y estuvo con ella un par de días.

Esa tarde habían llegado del batallón de infantería, el hermano menor había tenido su juramento a la bandera. Todo parecía estar en orden. Ella quiso retirarse a su habitación temprano.

Al día siguiente, pasadas las once de la mañana, empezó a sospechar que había pasado demasiado tiempo para que fuera un sueño normal y fue a ver qué había pasado.

La llamó varias veces y ella no respondía. La tocó y estaba fría, sin pulso. Levantó sus párpados y tenía las pupilas demasiado dilatadas. Algo muy malo estaba pasando y el no tenía idea de qué podía ser.  La tomó entre sus brazos y como pudo la subió al carro para ir lo más rápido posible a un servicio de urgencias. Tuvo mucho miedo de no alcanzar a llegar.

Mientras conducía hacia el hospital, llegaron ráfagas de recuerdos. No se lo había dicho, pero siempre se sintió orgulloso de verla crecer inquieta paseando entre libros. Finalmente ese era el único amor que él le había conocido. De alguna manera pensaba que los únicos vacíos que valía la pena llenar eran los de la cabeza.

El resto de la historia la señora ya lo sabe. Los médicos no dieron buenas noticias. Desde ese momento todo se volvió una espera eterna.

¿Qué había podido pasar en ese lugar para que pudiera estar tan confundida?, ¿Qué había podido decirle al psiquiatra para que él pensara que sufre de un trastorno de personalidad?
Ella, que era la talentosa, la precoz, la que parecía tener todo tan claro. Y ahora, ni siquiera pueden verla para conocer su versión.

Piden la cuenta y dejan los platos fríos que no comieron sobre la mesa. Afuera está lloviznando y bajo ese húmedo frío hacen una caminata larga. Lo único que está claro, es que ella no puede permanecer en ese sitio un día más.



XII

A pesar de lo extraño que había parecido ese fin de semana, ella no le había dado mayor importancia. Por esos días Federico Zanollety debía viajar a la frontera sur, así que habían acordado que continuara su tratamiento con un psiquiatra amigo suyo.

Ella en realidad se había resistido a iniciar esas visitas formalmente, sin embargo no era sensato rechazar algo que no conocía. Esa tarde era su segunda sesión. Salió de trabajar un poco más temprano y tuvo tiempo de ir caminando hasta el centro, era perfecto ese sol de las cinco. Atravesó la plaza con un paso apurado y sintió el fresco de los árboles apenas acariciados por un vientecito que quitaba la sensación de que todo lo que estaba allí era estático.

Llegó por fin a un edificio sepiado y frío, sintió alivio porque no quería retrasarse y al entrar, se abrió frente a sus ojos el pasillo que llevaba al consultorio. Se anunció y fue a sentarse para esperar su turno, se acomodó y al levantar la vista, ahí estaba como una aparición el hombre del halo amarillo, sentado frente a ella, a unos pocos metros de distancia.

Cuando lo vio inmediatamente reconoció su rostro, sus ojos, era una visión tan familiar y tan aterradora. De pronto se sintió invadida por un temor inmenso e inexplicable, las piernas le hormigueaban y el estómago se convirtió en un hueco. Bajó la mirada y lo evitó todo el tiempo como esperando hacerse invisible para que nadie pudiera reconocerla, el tiempo de espera se hizo eterno y temía ser descubierta en cualquier momento, hubo un silencio largo y tenso hasta que por fin el sonido de una puerta lo rompió.

Cuando vio que él se paró y entró al despacho del psiquiatra se sintió un poco más tranquila, en realidad tuvo ganas de huir en ese momento, de escapar de esa trampa que le ponía la vida, sin embargo solo se levantó para ir al baño y poder respirar a solas. Fue muy corto el tiempo que estuvo allí y al salir, justo cuando estaba pasando junto a la puerta, aparecieron de nuevo los ojos del hombre del halo amarillo frente a sus ojos. Ningún artificio hubiese funcionado, ella no era invisible y además el recordaba con exactitud su nombre. Tuvo que sonreír fingiendo soltura y comodidad, lo saludó y él le contó que saldría pronto de viaje, así que tomó su teléfono para estar en contacto. Hubo dos o tres comentarios antes de una despedida cordial que prometía un nuevo encuentro.

Luego siguió esperando y entró al consultorio como si acabara de tener una alucinación. Esa fue su última visita a ese psiquiatra.

En ese pueblo todo siguió siendo tan normal como siempre, la vida siguió corriendo como antes y tuvo que volver a lidiar con sus fantasmas que algunas noches se aparecían a fastidiar.

El temor momentáneo que sintió esa tarde parecía haber desaparecido y no pasó mucho tiempo antes de recibir la primera llamada. Fue una conversación intensa y cercana, envuelta en un cómodo aire de familiaridad, era como hablar con un viejo conocido de la infancia, simplemente era un reencuentro.  El hablaba sobre su trabajo con los campesinos en los pueblos aledaños de toda esa región del sur, ella escuchaba muy atenta tratando de grabar cada palabra porque estaba muy interesada  en esas historias y pensaba que podía escribir sobre eso, así que le pidió que a su regreso le diera varias entrevistas para que le contara un poco más a fondo sobre esa otra realidad que estaba escondida en la historia del país, era un material realmente interesante.

Pasaron casi dos meses en los que se estrechó una relación sostenida a muchos kilómetros de distancia, en la que cada llamada parecía tener un mensaje cifrado que después entenderían. Un día no hubo más llamadas.

Durante ese tiempo él debía luchar contra esa dama repentina que se apreció cualquier noche en su vida para revelarle los secretos de otras dimensiones y mostrarle la libertad. Esa libertad vertiginosa que amenaza con terminar en un vuelo de caída libre. Para contrarrestarla los médicos formularon muchos miligramos de antipsicóticos, alternados con tediosas terapias en las que se camina al filo de la razón y la locura. Tuvo que pasar varios días en una clínica fría, de relaciones distantes con los otros seres que la habitaban. Un lugar inhóspito y sórdido en el que vagaban por los pasillos las tragedias, los dolores, las historias y las infinitas ansias de ser libres de todos esos rostros que llevaban en la mirada el rastro inconfundible de los medicamentos.

Ella nunca dejó de estar al tanto de lo que pasaba con el hombre del halo amarillo, de alguna manera podía presentir su sufrimiento y todos los días dirigía en algún momento su pensamiento a ese lugar en el que se encontraba, lejos de imaginar que algunos meses después, estaría atrapada en medio de ese laberinto de paredes y absurdos.


XIII

Lida me ve llegar, me abraza emocionada. Yo estoy aturdida, acabo de llegar a esta unidad y apenas puedo reconocer el lugar. Aquí nadie me recibe, es obvio que debo defenderme sola, ya está bien entrada la noche y los pacientes se pasean por todas partes. Vienen a mirarme con curiosidad. Olfateando la nueva presa que ha llegado indefensa.

Tengo un saco rojo y unos zapatos de tela que me quedan grandes. Me siento ridícula, permanezco inmóvil un momento, sosteniendo en mis manos una ruidosa bolsa de plástico de algún supermercado en la que embutieron las pocas cosas que me enviaron de mi casa. Veo pasar la enfermera y le pregunto dónde me puedo acomodar, ella dice que espere. Yo sigo ahí, contestando las preguntas de los pacientes curiosos que se acercan. Tengo miedo.

Empiezo a sentir con asombro un universo nuevo, una forma de vida desconocida en la que ahora estoy inmersa, sin más remedio que descifrarla para sobrevivir. La enfermera regresa y me indica una de las puertas del pasillo en el que estoy parada, entro y acomodo mis cosas en una cama mientras oigo con atención las instrucciones que me da con displicencia. No entiendo, es como si también debiera aprender el idioma de este lugar.

Es una habitación pequeña con dos camas, hay una cómoda metálica en la mitad y en el cajón hay un nuevo testamento. Hay un closet de madera empotrado en la pared. Guardo ahí la poca ropa que tengo. Mi compañera de habitación se despierta y empieza a llorar, no sé qué hacer, no la miro, solo me acuesto en silencio y trato de dormir. Creo que este ha sido el día más largo de toda mi vida.

Otra noche terna en este sitio extraño. Los segundos deliberadamente tardan demasiado en desaparecer y la oscuridad hace pensar que el sol ha olvidado el camino de regreso. Hundida en este negro desolado solo puedo presentir el latido de otras vidas que merodean como animales escondidos. La almohada en una loa de piedra. Me duele la cabeza.

Al día siguiente al abrir los ojos, veo que hay alguien en la habitación.

-          -   Hola, cómo estás, no te había visto por aquí. Tienes unos ojos muy lindos. ¿Cómo dormiste?. Ah, perdón no me he presentado, me llamo Sandra y estoy estudiando enfermería en el Hospital Militar. Nos toca hacer aquí las prácticas de salud mental, por favor avísame en lo que te pueda ayudar.

Veo la mano extendida de una mujer casi de mi edad. Luce muy delgada entre su uniforme blanco del que cuelga un peto de pequeños cuadros rojos. Tiene una estúpida sonrisa de amabilidad. Le doy mi mano sin decir nada. No quiero gestos de compasión.
Me pide que suba a una balanza y toma mi pulso mientras sostengo un termómetro debajo del brazo. Deben ser como las siete de la mañana, dice que vaya a la ducha para ir a tomar el desayuno.

Entro al baño y veo sorprendida mi imagen en el espejo. No sé cuánto tiempo ha pasado desde la última vez que me vi. Mi palidez casi alcanza la del baldosín desportillado de la pared. No puedo evitar detenerme  a mirar ese rostro ahora desconocido, demacrado, he perdido varios kilos, nunca había tenidos marcados los huesos de la cara. Me toco despacio tratando de reconocerme, paso los dedos por la boca de un rosado tímido y seco. Tanto tiempo sin un beso.

Tal vez ya me había anticipado a esta visión de mi vejez prematura, tal vez ya tenía dibujadas las formas de cansancio que ahora descubro con espanto. Mis ojos son dos lagos dormidos entre sus profundas y oscuras cuencas como abismos. Hay una mujer al otro lado que me arranca del pasado, de la historia conocida para hacerme saber con un grito contundente todo lo que ya no soy.

Salgo del baño y camino por un pasillo largo para ir al comedor, ahora yo misma me debo servir los alimentos. Otros enfermos son los que hacen el pan. Me da asco, aquí tampoco me gusta mirarlos mientras comen. Después del desayuno hay que volver a la unidad, esta también la cierran con llave. Llega la gente que hace terapia ocupacional y nos obligan a participar en distintas actividades que desde cualquier punto de vista me parecen patéticas. Pintar patos de cerámica es lo que menos quiero hacer en la vida, en esta vida extraña que ahora tengo.

Para almorzar otra vez nos dejan salir al comedor, hay varios pacientes que quieren hablar conmigo. Lida me los presenta, yo los saludo pero no quiero que me hablen. Hay uno que se acerca a la mesa en donde estoy. Todos lo saludan, le dicen Hitler. No entiendo.

El me mira y sonríe me dice que le caí bien y que solo por eso voy a estar protegida. Lida me cuenta que hay gente que roba y que se mete en otras habitaciones por las noches.

La droga que recibo me hace tener muy tensos los músculos, pero ahora siento que podría reventar, cada cosa que pasa me pone en una situación peor. Hace días que no me ve el dr. Méndez y no sé qué va a pasar conmigo, no tengo noticias de mi casa, no sé si dejarme aquí finalmente es un castigo, tal vez lo merezco.


Después de almorzar volvemos a la unidad y hacen terapias grupales, cada uno habla de cómo va avanzando. Yo prefiero no asistir pero me obligan. Las horas se vuelven una sucesión de tiempo que no entiendo, la rutina carcome cualquier deseo de vivir. Entre drogas, juegos patéticos y terapias, mi vida se encuentra detenida en este punto que no sé si tiene retorno.